Franz Liszt: Mitad hombre, mitad divino.

 

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¡Franz Liszt! Pronunciar su nombre me inspira un profundo respeto y admiración. Es inspirador para mí.

Si me pidieran que eligiese al mejor compositor de entre la inmensa cantidad de ellos que hay en la historia de la música, me pondrían en un serio aprieto. Son tantos y tan buenos que, aunque me solicitasen que me centrase en aquellos que me han dejado una impronta imborrable y cuyo legado me parece inmortal, sería una tarea casi imposible. De hecho, he de confesaros que no me gustan preguntas como: ¿ Quién es tu compositor favorito? ¿ A quién  te gusta escuchar o interpretar? O la más detestable: ¿ quién  es el mejor compositor? Son preguntas harto difíciles de responder para mí.

No os negaré que tengo predilección por determinadas épocas, estilos, estéticas, etc. Por esta razón, hacer una lista de diez mejores compositores se me antoja una labor ímproba. Siempre me pregunto:¿Cómo se hace? De ahí  que, suela reponder a estas cuestiones expresando mi predilección  por determinadas obras de este o aquel autor e,incluso, puedo llegar a comentar que a algunos les tengo tanto afecto como a mis “allegados”. Siento una conexión especial, un vínculo que me une a ellos de una forma inexplicable. Quizá, esto se dé  porque sus trayectorias vitales me seducen, me atrapan más allá  de su obra. Sus vidas, sus emociones, sus pasiones se plasman a través de sus obra. Puedes sentirlas y vivirlas cuando escuchas o interpretas su música.

Esta sensación me invade, sobre todo, con aquellos compositores para quienes la música no fue una forma de ganarse la vida, si no la vida misma. Como decía Franz Liszt: “El arte por el arte es un absurdo. Su objeto común es de satisfacer las necesidades de orden moral, de secundar los esfuerzos de la humanidad para alcanzar su fin, elevarlo sobre tierra e imprimirle un perpetuo movimiento ascendente.”

Franz Liszt fue uno de estos compositores, alguien para quien la vida era música. Pronunciar su nombre me inspira un profundo respeto. Es inspirador y evocador. Como podéis  imaginar, Liszt sería  uno de esos diez referentes artísticos que aparecerían en la lista de la que hablaba al principio y que tanto me costaría  elaborar.

Admiro a Liszt. Fue un virtuoso del piano que, en su día, maravilló al mundo con su prodigioso dominio del piano, que llevó  al límite de sus posibilidades técnicas. Este compositor y pianista fue un mito en su época. Alcanzó un éxito  y una fama solo comparables con la que Paganini logró  gracias a su virtuosismo con el violín.

Liszt creó  el concepto de recital moderno a partir de 1840. En esta puesta en escena, el artista era el dueño y señor de la situación. Sus conciertos eran acontecimientos multitudinarios. Tenía  un poder de convocatoria similar al de cualquier estrella del pop actual. Se le recibía  en el escenario con honores, entre vítores  y aplausos, así como se le obsequiaba con suntuosas joyas y ornamentos. Una vez situado en el pódium, saludaba a su público majestuosamente. En Weimar, se le llamaba “Liszt el Sultán”, porque cuando pasaba por la calle saludaba a todo el mundo tal y como lo haría un rey. De hecho, el Príncipe Carlos Alejandro de Sajonia-Weimar reconoció años más tarde que “Liszt era lo que un príncipe debía ser…”. Fueron famosos los desmayos entre los presentes al escucharle al piano, sobre todo entre las mujeres. Fue el artista mejor pagado de Europa, recorrió lo que en aquella época eran distancias inimaginables, Rusia, Portugal, ¡España!, por Madrid, Barcelona y hasta Sevilla pasó el “titán” del piano. En fin, ¡toda una leyenda!

Siempre se ha dicho que es difícil separar la vida artística de la personal y Franz Liszt es un claro ejemplo de ello. Es quizás por ello por lo que me atrae tanto su figura. En un mundo como el actual dónde prima la prisa, lo inmediato, lo productivo y no siempre, restando autenticidad, sacrificio, honradez profesional, en definitiva, pasión… Liszt supo imprimir en su estilo interpretativo y personal un halo de seducción, misterio, admiración y la vez de misticismo y entrega por sus semejantes. Fue un hombre tremendamente polifacético, siendo a la vez que concertista de piano, compositor, director de orquesta, manager y empresario, escritor y pedagogo. En definitiva, un gran ser humano que pasó gran parte de su vida dedicada a promocionar obras de otros autores y realizando transcripciones de números de otros compositores con la única recompensa de que “ganara” la música y la evolución espiritual del ser humano. Por poneros un ejemplo: ¿Sabíais que hizo la transcripción para piano de las nueve sinfonías de Beethoven?

Liszt, además, fue un gran filántropo y como muestra de ello es que con 16 años vendió su piano para poder dar un gran entierro a su padre y ayudar a su madre o cuando, en 1845, se enteró de que solo se habían recogido 400 francos para un gran monumento a Beethoven en Bonn decidió pagar él los 60.000 francos que costaba la obra. Fue un hombre que no dudó en muchas ocasiones de prestar sus manos para recaudar fondos para apoyar diferentes causas humanitarias.

¿Veis? Al menos para mí es muy difícil separar al artista del hombre. Desde muy joven, me fascinó el perfil artístico de Franz Liszt, contradictorio y peculiar en muchos aspectos, el de un hombre que vivió en la opulencia y los honores y que, en el fondo de su alma, en realidad, reinaba la bondad, la caridad y la entrega. Con los años, sus riquezas se habían quedado por el camino y como decía él: “no tengo mayor pretensión que la de servir y amar”.

Queridos amigos, la vida tal y como yo la veo es un peregrinaje, un continuo caminar en busca de la realización interior y de las virtudes más elevadas. Como dice Hermann Hesse: “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero”.  Liszt, hace años, me dio una pista de este sendero; sendero que estoy convencido que él recorrió y hoy por hoy a mí me está inspirando – no sólo el momento presente sino estas mismas palabras-.

Amo muchas obras de Franz Liszt. ¡Quién no conoce sus famosas Rapsodias, sus fantásticos y bellos dos Conciertos para piano, sus Consolaciones, la Sonata en Si m, sus dificilísimos Estudios de ejecución trascendental para piano, sus poemas sinfónicos, la Sinfonía Fausto, la Sinfonía Dante…? Pero, hoy voy a elegir una obra, una pieza muy amada por mí y que en este preciso momento de mi vida es más que una pieza, es un estímulo interior, una fuerza entusiasta a la vez que una descripción de mis emociones y sentimientos más profundos. Se trata de Valleé d’Oberman, una hermosísima pieza perteneciente al primer cuaderno (Suiza) de los conocidos como Años de Peregrinaje, veintiséis piezas repartidas en tres cuadernos compuestos a lo largo de 40 años. Liszt en estado puro: Virtuosismo, sensibilidad, misterio, exaltación, romanticismo, pasión desenfrenada…

Espero que os guste.

Héctor Plácido.



5 respuestas a “Franz Liszt: Mitad hombre, mitad divino.”

  1. Calali dice:

    Siempre es un placer leerte y a la vez aprender sobre músicos y música, saber más a través de tus conocimientos sobre ellos. Lo describes con tanta pasión y admiración, que se nota lo que ha influido en ti.

    De igual manera creo que tú también influyes tanto en tus alumnos, como en el publico que te escucha y percibe pasión, entrega y genialidad. Porque pese a tú modestia y humildad, creo -y como yo, mucha gente- que tienes todas esas cualidades y más…

  2. Juanjo dice:

    Ha habido tan grandes músicos que es maravilloso poder escuchar los millares de composiciones que se han realizado. Afortunadamente, los sistemas de reproducción existentes nos permiten escuchar tantas maravillosas creaciones, aunque estemos en un lugar apartado o en una gran ciudad, aunque nunca es igual escuchar una interpretación en directo que una grabación por perfecta que sea.

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